La Hermana De La Coneja

de Jaime Ross

En un depósito sucio, bastión de la Ciudad Vieja, la hermana de la Coneja perdió la virginidad. Testigo en la obscuridad un colchón apoliyado que quedó como estampado, con indeleble memoria, y es origen de esta historia que no sé bien si es verdad. Fue como siempre sucede: se colaron con el Tito, aquel morocho flaquito que la conquistó con mimos. Y desafiando al destino se dejó de franeleos, se alborotó el avispero. Dieciséis años es mucho cuando te da como un chucho, y la vida pide cuero. Después, cuento conocido: Que qué le vamos a hacer. que no lo podés tener, que ya conseguí la guita, un llanto, cuatro caricias, que todo va a salir bien, el fondo de un almacén, el adiós al flaco Tito y el comienzo de un periplo más hamacado que un tren. Hoy es señora de Tal, y en el Este veranea. No imagina el que la vea que era de Playa Pascual. Su camelo viene mal, bate chicos y colegio, te la trabaja de regio y anda en checo bien debute con goma en lugar de yute y sin preguntar los precios. Ahora sí que se divierte en pavada de colchón, pelo corto a la garzón y lentes con cadenita. Recurre al psicoanalista a la hermana ni la nombra pero la marca una sombra que nunca pudo esquivar, cómo la vino a quedar allá por la Ciudad Vieja: la hermana de la Coneja